Cuando somos malas, somos peores…

Una amiga mía me ha dicho que este blog se estaba coloreando mucho de rosa, así que, pese a mi condición pro-mujer y feminista sin ningún género de dudas, no está de más dejar paso al humor y a la autocrítica, que siempre es sano y divertido.

Y es que todas las mujeres llevamos dentro a un pequeño diablo envidioso. No estoy hablando de la envidia a las amigas o las hermanas, no. Es el ODIO a una desconocida que en ese momento posee algo que tú no tienes o crees no tener.

Por ejemplo:

1.- Salir a la calle estando a dieta con más hambre que el perro de un ciego y cruzarte con una mujer con un cuerpo de escándalo comiendo con placer una palmera de chocolate… Ahí piensas: “Te odio”

2.- Ponerte monísima para salir una noche y a las cuatro de la mañana entrar en el baño de un garito con los pies echos polvo por los tacones, sudada, con el pelo desmadejado y los restos de maquillaje extendidos por tu cara como un mapache… Y en primera línea del espejo cuatro o cinco mujeres divinas como si hubieran salido de casa hace 5 minutos… Ahí piensas: “Os odio”

3.- Cruzarte por la calle con una mujer con un tipazo estupendo y unos pantalones ajustados que la quedan divinamente, cuando a ti, el mismo modelo te queda como un botijo… Ahí piensas: “Te odio”

En fin, lo único que queda para mi consuelo es que, lo mismo que me ha pasado a mi, que en algún momento he odiado, estoy segura de que alguna desconocida me habrá odiado al compararse conmigo… Y ese pensamiento hace que, definitivamente, me sienta muy feliz.

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